El cáliz que brota de la tierra

El sello de calidad “Vi de la terra Illa de Menorca”, creado en 2002, hace honor a los ancestros que sembraron las primeras vides en la isla, al menos ocho siglos atrás. Tras años sin producción vitivinícola, Menorca recuperó a finales del XX el tiempo perdido desde la última gran época para los caldos isleños, cuando los británicos tomaron la isla. Con más de diez bodegas con nombre propio y varios vinos premiados en importantes certámenes, puede decirse que el reencuentro con las vides ha valido la pena.

 

Las delimitaciones del terreno han permitido conservar la forma de cosecha tradicional y manual, siendo parte del proceso que certifica la calidad del vino menorquín. También ayuda la tierra. Suelos mayormente calcáreos y silíceos, de fácil drenaje, mantienen las vides sin humedad excesiva y la frescura necesaria.

 

El clima de la isla es benévolo para las plantaciones de uva, que dan sus frutos en las variedades de Cabernet Sauvignon, Monastrell, Syrah, Merlot y Tempranillo, para los tintos; y Moscatel, Parellada y Chardonnay para los blancos. Las atrevidas mezclas y las cosechas cada vez más cuidadas se suman a la profesionalización de un sector en alza.