La difícil decisión entre el dulce y el salado

Entrar en un obrador menorquín es llenar los sentidos con una infinidad de postres, meriendas y tortas, dulces y saladas, que son una tentación difícil de superar. La tradición repostera ha ido picando de aquí y de allá con cada una de las dominaciones que ha vivido la isla. Franceses, árabes e ingleses han dejado su huella en la cocina tradicional. Y muy especialmente en los postres. 

 

La base sobre la que se asientan gran parte de las pastas menorquinas es la mezcla de harina con manteca de cerdo. Y en el caso del dulce, claro está, también entra en juego el azúcar. Los sucrers, como se les llamaba a los antiguos reposteros, han mantenido viva una tradición que incluye desde los carquinyols hechos con almendra hasta las rarezas surgidas de momentos puntuales de la historia, como son los imperiales.

 

La repostería menorquina se rige también por las estaciones. Concretamente, por las fiestas, sobre todo eclesiásticas. Así, en Navidad es tradición comer cuscusó, amargos o mantecados. Las formatjades son tradición de Semana Santa. Y los buñuelos se reservan para Todos los Santos.